El buen Thrash Metal estaba de regreso en el barrio de Flores el Viernes 2 de Julio, por lo que era prácticamente obligatoria nuestra presencia. Es que, claro, una de las bandas que ha levantado las banderas del estilo por tantos años en nuestro suelo se volvía a presentar – luego de largos meses de ausencia – en los escenarios porteños. Maximiliano Escobar, Pablo Maldonado, Santiago Kodela y Alejandro Ulrich: la última y más potente formación de Malicia nos volvía a mostrar que los años no han contribuido a oxidar sus engranajes, sino todo lo contrario. Y a modo de apertura (aunque a último momento las teloneras hayan cambiado bastante), dos bandas de estilos bastante diferentes.
“Cabrocordero” fue la primera de ellas en sorprendernos por lo original y poderosamente llamativo de su propuesta. Antes que nada, es menester aclarar que esta banda no es un quinteto, ni un cuarteto... Mucho menos un trío. Tan solo dos integrantes – Patricio Lerma en bajo y voz y Markos Sara en batería – le dieron forma a un estilo que matizó una base de thrash con un sonido que por momentos recuerda a la forma en que algunas bandas recuperan el sonido de los setenta en la actualidad. El tipo de distorsión utilizada por el bajo contribuía bastante en ese sentido, supliendo por momentos la labor de una guitarra ausente, mientras que en otros momentos continuaba acentuando el ritmo de la batería. Y es justamente su portador quien recibió a gruñidos a los pocos que lentamente se van acercando hacia el escenario: una verdadera lástima la impuntualidad de la gente, que terminó perdiéndose cosas bastante interesantes pensadas por metaleros para metaleros. Con una batería un poco más rápida se inclinaron un poco también hacia un metal a lo Motörhead, intenso y sin fisuras. Este dúo demostró entonces que es posible hacer algo diferente sin apartarse aún así de las raíces.
Un poco de federalismo no viene nada mal. Menos en una fecha de estas características. Por ello es que “Parcas”, banda originaria de la ciudad de Laboulaye, Córdoba, se plantaron sobre la tarima para entregarnos un repertorio de tintes nostálgicos para aquellos que tenemos un lugar siempre reservado para el heavy nacional. Por eso es que Matias Gerry en voz, Cristian Arce en guitarra, Ramiro Bracco en batería y Gabriel Gonzalez en bajo arrancaron su set con “Brigadas Metálicas”, clásico de V8. Los ocho años de trayectoria realmente le pesan a esta banda, pero no en un sentido negativo: muy por el contrario, los ayudó a mantener un sonido muy nítido y prolijo, a soltarse tablas arriba y a continuar con algunos temas propios de heavy tradicional con estribillos que invitaron a corear y algún que otro toquecito de Maiden desde la viola. Decidieron, de todas formas, continuar rindiéndole culto al metal de nuestra patria: “Solución Suicida” encontró a Arce corriendo por sobre los trastes para emular la labor del siempre presente Osvaldo Civile, quien no necesitaba de guitarras rítmicas que lo secundaran; finalmente, se despidieron de la mano del reconocido popurrí con el cual Ricardo Iorio se encargara de inmortalizar los himnos más maravillosos de V8 y Hermética en el recordado “Vivo en Obras” de Almafuerte.
Dos y media de la mañana marcaba el reloj para el momento en que el telón se descorrió por última vez para que “Malicia” fuera recibido por los puños en alto, señal de aprobación de unos cuantos metaleros concientes de la notable trayectoria de la banda. Como bien lo aclaró Maximiliano Escobar minutos más tarde, este show tendría como objetivo, por un lado, mantener la llama de la agrupación viva en la Capital Federal, y por el otro, presentar en sociedad una vez más lo hecho en “Conciencia”, su última producción en estudio. Razón por la cual “Toma Conciencia” fue el tema elegido para abrir un evento en el cual estos cuatro ya se mostraban dispuestos a arremeter con una interesante carga de velocidad y potencia contra sus seguidores. Bueno, después de todo, ¡estamos hablando de Thrash Metal! Por ende, los solos que parecían ir incluso más allá de los últimos trastes de la viola de Santiago Kodela – a cargo de la viola líder – no se detuvieron hasta colisionar con “Vestigios”, segundo en la lista. Pero la fuerza en escena también tenía a otros dos protagonistas igual de importantes: la descargas propiciadas por Alejandro Ulrich en la batería y Pablo Maldonado en bajo no permitirían jamás que el ritmo decayera. Y fue éste último quien además sumó un incesante headbanging para el momento en que “Verdugos del Alma” comenzaba a hacer agitar a quienes se encontraban por debajo del escenario, acompañado por supuesto de Escobar y Kodela.
Ya para “Nunca es tarde” el tapping de viola le dio pie a Ulrich para acelerar a fondo tras los parches, otorgándole la fuerza necesaria al tema para que suene tan bien en vivo como en estudio; “El trastorno de la envidia”, a su vez, encontró a todo Asbury cabeceando a más no poder, mientras los agudos de Escobar (mezcla del legado del Thrash con el del metal nacional de Hermética) acompañaban la insana velocidad que alcanzaron sus riffs. “Espiritus” y “Suburbios”, por su parte, constituyeron un sube y baja de ritmos que sin darnos cuenta desembocó en un clásico: “En la mira” dio inicio entonces a una segunda etapa del set, que nos llevaría de paseo por toda la historia de “Malicia”. Hicieron su aparición, entonces, “La rueda del roedor” – con Escobar y Maldonado sacudiendo cabeza con cabeza, demostrando la evidente química sobre el escenario que existe entre ambos -, “Espinas”, “Amigo del enemigo” y “Perdiendo identidad”, obligándonos a retroceder nueve, diez, once años atrás, al momento fundacional de este cuarteto porteño. Y, como era de esperarse, el público respondió de la mejor forma ante semejante apelación a un pasado que no ahorró crítica social acunada en destructivos riffs. “Venas” y “Mundo Mitómano” cerraron finalmente una hora y media ininterrumpida de show que esperamos se vuelve a repetir pronto.
Nuestro agradecimiento a Maximiliano Escobar por extendernos dos acreditaciones de prensa para cubrir este evento.
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